“En México se cometen diez feminicidios cada día y, aunque con el paso de los años estas noticias se han ido normalizando, la violación de una adolescente, perpetrada por miembros de la policía local dentro de las mismas patrullas oficiales, desató la indignación de nueva cuenta. Apostadas tras las vallas de hierro, las mujeres exigieron audiencia con la procuradora y, cuando su representante bajó a reunirse con ellas, asegurándoles que estaban haciendo todo lo posible para seguir el caso, una de ellas —exhausta ya, harta ya, ya para siempre enrabiada— le lanzó diamantina rosa a la cabeza.
El gesto, tan espectacular como inocente, le ganó un nuevo nombre al movimiento feminista que congrega a más y más mujeres cada vez más jóvenes, mujeres que han crecido en una ciudad y un país que las acosa paso a paso y no las deja en paz. Mujeres siempre a punto de morir. Mujeres muriendo y, sin embargo, vivas. Con pañuelos atados a la cara y tatuajes sobre antebrazos y hombros, las mujeres reclamaron el derecho a seguir vivas sobre este suelo tan manchado de sangre, tan desgajado por el espasmo de los terremotos y la violencia.”